¿Cuándo tenga ese cuerpo “seré feliz”?
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- 1 sept 2020
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Actualizado: 7 sept 2020
Por Vanessa Hernández Munguía
Escribo porque yo, un día, adolescente,
me incliné ante un espejo y no había nadie
¿se da cuenta? El vacío.
(...)
Y luego, ya madura, descubrí
que la palabra tiene una virtud:
si es exacta es letal,
como lo es un guante envenenado.
Rosario Castellanos
¿Cuándo me dejé de pertenecer?
Comienzo con esta pregunta pues es algo que desde que decidí dejar de escapar de mí misma, me lo preguntaba para generar dinámicas menos destructivas hacía mi cuerpo, y con ello, al mundo y tierra que me rodea. Alejandra Pizarnik (1968) decía que el cuerpo sea siempre un amado espacio de revelaciones. Recuerdo haberla leído un día cuyo insomnio común en mi vida, me comía los ojos y chupaba la vida. Esa fragmento desmanteló un descubrimiento y dolor muy grande en mi vida, pues provocó -junto con una muerte prolongada de mi cotidianidad atravesada por un contexto de enfermedades y ausencias- hacerme consciente de que mi cuerpo parecía no ser mío; que ese espacio de carne, con el que luchaba con otras mujeres, en realidad no sabía de quién era. Ese cuerpo, era un lugar público donde se habían inscrito las herencias de despojo y violencia que me hicieron creer que gran parte de mi valía, se depositaba en la talla y en la belleza occidental hegemónica que tiene como estandarte de la mirada patriarcal, a la delgadez como uno de los principales referentes coloniales sobre el cuerpo. Esa frase, y la decadencia que trae consigo el abandono, me despertaron de una realidad donde reconocí que no había superado la anorexia, la bulimia, ni el comer y escupir.
Todo comenzó cuando recién salí de la secundaria, con 15 años, y entre los procesos internos que me atravesaban y hacían mi cuerpo “funcional”, yo poco entendía qué sucedía a mi alrededor, pero ya intuía, que como sociedad, incomodaba más ver a una persona gorda que a una aparentemente saludable sólo porque era delgada.
En ese entonces yo cargaba con una presión por mantener una imagen social, y ante críticas y señalamientos constantes por ser mujer, mi salida fue comer hasta olvidarme de mí. Inevitablemente subí mucho de peso, pero la realidad es que hasta ese momento comprendí que el dolor no sólo podía provenir de una pérdida de un ser querido, una caída, o un accidente; el dolor también podía provenir de ti misma, y a mí, al igual que a muchas, nadie nunca me enseñó a nombrarme.
Frente a la huida de asumir muchas situaciones, recurrí cada vez más a comer sin conciencia y a una amplia gama de refugios emocionales que me llevaron a muchos lugares y personas con las que en realidad no era sano estar, pero nunca nada me llevaba a mí. Tanto pasó el tiempo, que mis trastornos se prolongaron hasta la universidad. Durante todo ese tiempo, me obligué a afianzarme a una disciplina que me llevó a silenciar dolores que necesitaban salir, ser escuchados, pero no disciplinados. Frente a eso, creció como una hiedra venenosa el tóxico hábito de hacer ejercicio compulsivamente y medirme de forma recurrente para saber cuántos gramos había bajado, rogando-, no haber subido de peso. Mi actividad favorita, se había reducido a una opaca fuente de felicidad de ver mi “progreso” en construcción de un cuerpo estéticamente delgado y atlético. Qué tristeza me da ahora saber que en eso depositaba gran parte de mi felicidad.
Recuerdo que de adolescente, en los momentos más crónicos de la anorexia y bulimia, una tarde soleada en la que con miedo, y luego de comer hasta la pesadumbre, asumí que tenía que enfrentarme a mi peso y al ver el resultado, me sentí mal.Terrible. Tanto que tomé acciones que me llevaron, en su momento, a pesar 35 kilos. A mí me habían chupado la vida. Me la absorbí entre paredes de las que yo no quería salir, ¿cuándo fue que yo las construí y por qué se sentía tan bien? Porque si bien sabía que en casa no faltaba comida, tampoco sobraba, y eso inevitablemente me hacía sentir culpable. ¿Dónde quedaban las personas a las que se les negaba el acceso al acto de comer por la desigualdad social?, ¿por qué no sólo pensarlo me hacía cambiar?
Al ir recuperando un poco de peso y dejar de esconderme para que la gente que me conocía, no supieran la gravedad de mi enfermedad, quienes me rodeaban comenzaban a darse cuenta que había cambiado. Ante su mirada, yo era una mujer renovada, con amor propio y lista para su nueva vida, porque ante una sociedad de vigilancia , tuve la fuerza de voluntad para bajar de peso por mí misma (Santiago, 2017). Por fin me volvía a sentir aceptada, querida y amada; para mí eso resultaba estimulante, pues cuando llevas tanto tiempo hundida en un mar, te aferras a aquello que te saque a flote, aunque en la soledad de los espejos durante la noche, te ahogues y no sepas qué hacer. Se sentía bien, no quería ser una víctima, no quería escuchar a nadie, sólo quería ser visible pero decidí apagar mis ojos.
Es muy fácil perderse con los ojos hacia afuera, porque nuestros ojos ya están puestos ahí desde que nacemos. Pero mirar hacia dentro, es complicado; te abruma, te duele y no sabes cómo acercarte, ni mucho menos cómo cerrarte esa herida. ¿Qué haces? Conoces su profundidad cuando vas al baño a vomitar, cuando sabes que no puedes comer sin preguntarte a ti misma cuántas calorías tiene ese platillo que tanto te gustaba y que narraba historias de tu genealogía, pero lo haces porque pareciera que no tienes control; conociste la profundidad cuando tu familia y las personas que te querían, desde su política de afectos, se daban cuenta de que escondías la comida, y sin saber qué hacer, querían ayudarte, y entre llantos y vergüenza, tu no podías nombrarte, porque ya no sabías quién eras. La conoces, conoces la herida y te encuentras en una encrucijada, pero ¿la abres más, la dejas respirar, la quemas? A lo mejor suena exagerado, pero de ese tamaño era mi tristeza.
Poco a poco, asumí que el peso representaba un papel de centralidad no sólo en mi vida, sino en la de mis amigas, en la de mi mamá, tías, hermanas y vecinas, pero ¿por qué? ¿qué es el peso para nosotras? Una va entendiendo que no es sólo una talla útil para el discurso y las prácticas biomédicas (Esteban, 2013); en esta sociedad, donde impera la cultura fitness, la cultura de las dietas, y los mandatos patriarcales que cosifican nuestros cuerpos, parece que el cuerpo visible es un referente público que mide tu valor, tu “amor propio”, tu valentía, incluso tus capacidades y alcances, pero nunca voltea a ver tus miedos, tus sueños, tus anhelos, tu historia de vida y mucho menos tu salud mental. En la sociedad patriarcal , el cuerpo gordo parece ser sinónimo de personas malas, enfermas, descuidadas y abandonadas. Una deshumanización y patologización que te lleva a vivir por y para otrxs.
Hoy sé que después de 9 años de vivir con trastornos de conducta alimentaria en diversas etapas e intensidades, nunca renuncié a mi rehabilitación, que más que individual, ha sido una rehabilitación colectiva acompañada de múltiples formas y caminos para volverme (nos) habitar. Escribo, porque al igual que muchas, un día me dejé de pertenecer desviviéndome al grado de pausar mi vida por tener “ese cuerpo” creyendo que el día que llegara, sería feliz. Escribo porque al igual que lo dijo Rosario Castellanos en su poema “Entrevista de prensa” (1991) yo, un día, adolescente, me incliné ante un espejo y no había nadie ¿se da cuenta? El vacío. Sé que un día me harté de ser sombra, de ser ansiedad, y de vivir en un cuerpo que respondía a la mirada ajena; escribo porque no quiero dar falsos relatos, sino historias crudas que abonen a repensarnos como mujeres en redes de interdependencia que puedan recuperar sus cuerpos-territorios, y con ello, sus vidas personales, colectivas y políticas.
Esto no es un llamado desde el victimismo, porque ahí no se construye, sino una lucha por nombrar nuestras historias, sentipensares, y la relación que existe entre el cuerpo, el acto de comer, la alimentación, y con ello, los vínculos con la tierra y los territorios; un grito entre millones que abone a cuestionar y retar las dinámicas bajo las que nos relacionamos y construimos las redes donde se produce y reproduce la vida. Una denuncia, donde si bien se encuentran daños colaterales como los trastornos de conducta alimentaria, exija justicia por las decisiones de políticas neoliberales del hacer vivir y dejar morir, basadas en múltiples formas de violentar y controlar cuerpos, tierras y territorios atravesados por la desigualdad al acceso a derechos- convertidos en privilegios- como el acto de comer y la salud mental.
Aclaro, que este escrito no es sólo mi historia, ni voy a hablar por nadie. Este escrito, es sólo es una pequeña partícula de una lucha más amplia que está acuerpada por una red de trabajo, escucha y afectos de la que formo parte. Una red que busca tejer voces desde la resistencia y desobediencia digna que me ha enseñado que aprender a ser cuerpo y territorio, se vuelve una postura y argumento disidente contra las relaciones capitalistas y patriarcales de muerte en defensa de las mujeres, de bienes comunes y de la interdependencia de la vida.
Deseo, queridas, que abracemos nuestros caminos en común y experiencias de ser cuerpo, como lugar y espacio de fluctuaciones, contradicciones y exploraciones en búsqueda de habitarlo, y no sólo de contenerlo. Concluyó, esperando que en estas palabras, se halle alguna identificación que traslade a repensarnos desde nuestras diversas vivencias y poderes que operan sobre nuestros cuerpos, y de saber, que no somos mujeres determinadas por haber vivido y seguir luchando por superar los trastornos alimenticios, o bien, por una relación conflictiva con la comida como herencia colonial de odio hacia nuestros cuerpos; que no estamos fuera de control, ni que tampoco fue nuestra culpa. Este sistema nos quieren enfermas, descompuestas y controladas. Y salir de ahí, no es cuestión exclusiva de fuerza de voluntad, sino de decisiones que van más allá de lo individual y se trasladan a la estructura de muerte, injusticia, y violencia que obstaculizan la vida digna. Duele, pero sabernos mujeres llenas de anhelos, sueños y luchas que se manifiestan de formas avasalladoras, tanto, que intimidan y asustan, no demuestran debilidad, sino valentía de regresar a nuestro centro y origen. Pero es necesario nombrar, escuchar el miedo, hasta que deje de sangrar.
Nunca más solas y rotas.
Vas a sanar.
Fuentes de consulta.
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